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Soñar con el Negro Morales

Por aquel tiempo intentaba comprender si son los sueños los que consiguen influir en las ideas de la vida cotidiana o son las ideas cotidianas las que subordinan a los sueños. Es posible que él lo supiera.

— Ricardo Dupuy

JUEVES 13 DE SEPTIEMBRE DE 2018

El Negro Morales tenía un talento muy particular; a la luz de los acontecimientos, algo sórdido y, en consecuencia, quizás indigno.

De alguna manera inexplicablepodía aparecer nítidamente en los sueños de las personas que iba conociendo.

No creo que sea excepcional; es bastante posible que haya quienes puedan desarrollar esta singular intromisión a la intimidad de los otros, el problema (o acaso su resguardo) es que el Negro se ufanaba de ello, al menos en aquellos años adolescentes.

De tanto en tanto, soltaba frases cargadas de pedantería tales como:

  • ¡Esta noche ustedes van a soñar que yo aparezco en el acto del 25 con la bandera argentina!

Y tal cual, todos a la mañana siguiente, terminábamos reconociendo que sí, así era. El tipo aparecía en cada sueño como abanderado; honor que, para un personaje como él,en la vida real era un imposible.

  • ¡La pelirroja del 3ro “b” va a soñar esta noche que bailo con ella en la fiesta de primavera!¡ Por eso terminará dándome bolilla!

Y así se daba, según sus amigas, a las que interrogamos cuando todavía poníamos en duda su extraña táctica.

  • ¡La profesora de biología va a decir que está segura de que voy a sacar una muy buena nota en la evaluación del martes, hasta quizás admita que lo soñó!

Y tal cual.

Pero como suele pasar, las habilidades de la juventud tienden a transmutar con los años y, en ocasiones, se tornan un lastre insalvable para la vida adulta.

El Negro Morales nuca alcanzó a terminar la secundaria, y pasó su juventud deambulando de trabajo en trabajo, hasta que consiguió, presuntamente gracias a cierta singularidad, casarse con la hija de un importante señor de negocios quien, al poco tiempo, merced a un sueño revelador, lo puso al frente de todos sus quehaceres.

Pero duró muy poco.

Nada pudo evitar que volviera a quedar en la calle y que su esposa, influenciada más por la realidad y su defraudada familia que por las revelaciones oníricas, decidiera poner fin a su matrimonio.

Así fue como impulsado por la situación y el desamparo decidió abandonar Santa Fe y dedicar su tiempo, aún joven, a vagabundear.

Poco a poco su peculiar habilidad fue quedando postergada, olvidada en un lejano rincón de la conciencia. Incluso llegó a pensar que, por inútil, el mismo Dios creador que se la otorgó, había decidido suprimirla.

Y se sintió reconfortado. Se sintió normal, sin nada especial para tener que preservar, otro sobreviviente más en la multitud humana.

Otro “ladrillo en la pared”.

Hace poco más de un mes, las noticias trajeron un hecho aberrante a consideración de la ya afligida opinión pública de mi país. Resulta ser que un violador azoraba los barrios del conurbano porteño.

Luego de varios intentos infructuosos por atraparlo, el individuo había caído en la trampa de los astutos policías bonaerenses, gracias a la declaración de una de sus víctimas.

Lo curioso del caso era que la joven agredida había testimoniado que, si bien no pudo reconocerlo al momento del hecho, en sus sueños no dejaba de aparecer con insistencia el rostro de este desconocido, quien seguramente debía ser el agresor en cuestión. 

Según las páginas policiales, consultadas las otras víctimas, todas coincidieron en el relato, nadie lo había visto en el momento del hecho, pero en sus sueños él estaba presente.

Su nombre: Mariano Morales, alias el Negro.

Desde entonces no he dejado de soñar con el Negro Morales. Pero no en su supuesto rol de violento delincuente, sino entrando al patio de la Escuela de Comercio con la bandera argentina, o bailando música de Pink Floyd con la pelirroja de 3ero. “b”, o sonriendo, complacido, ante el inexplicable cariño que todos los profesores le manifestaban.

Ayer al mediodía me llamó desde la cárcel de Devoto y en tono suplicante me dijo:

  • Te busqué porque sos el único abogado que puede dar testimonio de mi maldición. Necesito que tomes mi defensa. Soy inocente, te lo juro…

Escribo este relato, evitando quedarme dormido, sentado en el autobús de camino a Buenos Aires. Hace más de treinta años que no veo a Mariano Morales, soy consciente de que el tiempo puede cambiar mucho a una persona, pero creo que merece una oportunidad.

A media tarde tengo una cita autorizada por el juez para encontrarme en la cárcel con él.

Mi plan, que no sé si podré cumplir, es asomarme a sus ojos y poder ver si me miente o si realmente nada tuvo que ver con los cargos que se le imputan.

Luego decidiré.

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