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El Lado Virtuoso

El Solitario

— Ricardo Dupuy

JUEVES 21 DE MARZO DE 2019

Sospecho que vivimos en el lado opaco de la vida, que pasamos nuestra existencia terrenal adormilados, como hipnotizados, habitando un mundo prosaico e irreal que otros se han encargado de montar hace mucho, quizás miles de años. 

La suerte, que es uno de los seudónimos preferidos de Dios, ha puesto en mi camino un puñadito de casos excepcionales; ciertas personas que parecen haber logrado familiarizarse con la otra cara, con el lado virtuoso de la vida o, al menos, bien saben de su existencia. 

El solitario (primera parte):

Como los insectos de la noche hacia la luz del farol, Rafael Moreno se sintió intuitivamente atraído por la soledad.

Desde niño, supo comprender que no se trataba de una tendencia pasajera, ni de un refugio ocasional fruto de un momento de introspección. Rafael Moreno sentía que la gente, incluso los más cercanos, ahuyentaban cierta presencia etérea que insistía, pertinaz, en comunicarse, y cuya amistad, vaya a saber por qué, él consideraba primordial. 

Yo observaba al observador. 

Fui su compañero en la escuela primaria y recuerdo, claramente, que solía poner  distancia; miraba desde lejos a sus compañeros. Tomaba nota, aun antes de aprender a escribir, de ciertas actitudes de los mayores. Y se perdía. 

Si, se perdía constantemente obligando a su familia a buscar ayuda para encontrarlo. 

Los niños de nuestra edad terminamos por acostumbrarnos. Bien se sabe que, en los primeros años, la conciencia humana es más flexible; pero los adultos, los adultos no. 

Parientes, maestros y allegados a la familia, terminaban sistemáticamente por sentirse molestos, observados y hasta interpelados por un niño, un demonio de rulos castaños que optaba por retirarse y observar. Sigiloso, taciturno. 

Pasé muchos años, más de treinta, sin tener noticias de Rafael Moreno pero, hace algún tiempo, lo encontré en las calles de Rosario. Inesperadamente fue él quien llamó mi atención; por suerte o por destino es que, seguro, yo no hubiera podido reconocerlo. 

Por aquel entonces, yo viajaba a Rosario una vez por mes y a partir de nuestro reencuentro lo hice mucho más seguido. 

Al principio buscaba excusas, pero ahora, a la distancia, puedo confesar que iba para hablar con él. Exclusivamente viajaba para hablar con Rafael que, para colmo, no tenía un domicilio, habitaba “la calle” en forma de mendigo, en la zona lindera al gran río, por el bajo de la ciudad. 

Él fue mi maestro y, como tal, llegó cuando más lo necesitaba. 

Para no olvidar detalle, desde hace un tiempo me dedico a escribir cada uno de nuestros encuentros. El que aquí les traigo es solo un extracto de uno de los primeros, posiblemente el que captó definitivamente mi atención.

—…el mundo, la vida, no es lo que parece; todo está asentado sobre mentiras; mentiras de diversos calibres, algunas ocasionales, temporales y otras que llevan instaladas miles de años. Largó Rafael, sentado en el banco de madera gastada, lindero al río, en el que solía retozar las tardes de sol.

Escuché esa teoría, los poderosos nos mienten…—Alcancé a comentar.

No, no creo que sea tan así, claro que existe una casta de gente poderosa que pretende no resignar privilegios y está dispuesta a todo, pero no. Nosotros los hombres y las mujeres hemos optado por vivir en la mentira. Todavía no nos animamos a la verdad. 

Aún con la frase en el aire se dio vuelta y rebuscó algo en una de las varias bolsas publicitarias de plástico que solía usar para guardar sus cosas. Extrajo unos anticuados anteojos con marco de carey y me los ofreció, estirando su brazo izquierdo. 

Póntelos, y comprueba lo que te digo—dijo en tono imperativo, pero sin perder la amable sonrisa de siempre. 

Yo dude, tomé los anteojos entre mis manos y los estudié antes de calzármelos, como si se tratara de algo peligroso.

Con esos anteojos podrás ver el aura de las personas, y comprobarás que solo somos energía, nada más ni nada menos que un caldo de energía.

Me los encajé de un saque. 

…Nada, todo se veía igual que siempre, quizás con un poco más de distorsión, seguro por el aumento de los cristales, supuse.

Enfocá bien, concentrate en el contorno de la gente—insistió.

Y resultó. Al cabo de unos minutos, advertí una pequeñísima nubecita (como un vapor) en torno a las personas que caminaban desentendidas por acá y por allá.

A medida que el tiempo transcurría la nubecita pasó de tenue a nítida y, un buen rato después,comencé a ver colores, múltiples colores que titilaban de manera singular en torno a cada uno de los transeúntes. Era fascinante, seguramente en mi cara se evidenciaba porque Rafael comenzó a reírse y de pronto los dos nos fundimos en una carcajada sonora que, ahora sí, llamó la atención de la gente que iba y venía con su pequeño arco iris a cuesta. 

Todavía falta lo mejor. ¡Sacate los anteojos!—Me volvió a ordenar. 

Yo obedecí, aunque a regañadientes, el espectáculo de la visión energética era fascinante. 

—¡Increíble!—aun sin anteojos pude ver el aura de toda la gente como antes, quizás mejor todavía. 

Particularmente, la energía en torno a Rafael era singular, de un lila intenso, supuse, erróneamente, por la cercanía. 

Nosotros optamos por mentirnos—concluyó.

Pasaron varios años de aquel episodio, desde entonces, cuando me lo propongo, puedo ver el aura. 

El aura de todo lo vivo que me rodea, de todos menos la mía. Pero eso, eso es otra historia. 

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