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El Lado Virtuoso

El Solitario (segunda parte)

Rafael Moreno suele justificarse diciendo que “en un mundo tan cruel, tan injusto, tan frenético, no es ningún mérito ser una persona perfectamente adaptada”. Y yo creo que tiene razón.

— Ricardo Dupuy

JUEVES 11 DE ABRIL DE 2019

Siempre me atrajo conocer la esencia.

De niño solía pensar que los hombres sabios habitaban recónditos templos lejanos, rodeados de columnas de mármol rosa y enceres de oro. Con los años, cambié de idea,  supuse que los sabios, enseñaban en prestigiosos claustros de países del primer mundo; por  fin llegué a imaginar que pasaban su tiempo escribiendo libros inescrutables, aislados de todo. Aquellos envueltos en túnica naranja, los otros en elegantes trajes escoceses  y estos últimos en ropa interior, entre nubes de tabaco y vaho de alcohol.

Hoy te digo que el único hombre sabio que conocí vive a la  intemperie, duerme en un banco de tablas flojas y usa un viejo saco roído, siempre  impregnado de humo con olor a guisado de leña húmeda.

El niño, el ejército y los otros

Rafael mira pasar a la gente, a los autos y a las palomas con la misma indolencia. Todos lo ignoran. Y como no, si él mismo parece haber olvidado su cuerpo físico, su tangible humanidad. Rafael solo está ahí, sentado, inmóvil. Observa, despierto.

Cuando se logra ver lo real ya no satisface lo ilusorio. Comenta sonriendo, en un tono que, en otros labios, sonaría petulante.

Aquel día de agosto lloviznaba. Empezaba a oscurecer y los autos se apiñaban  en el semáforo con ánimo de dar el gusto a sus conductores y llegar a casa pronto. 

Con cada verde la marea multicolor se comenzaba a movilizar; en cuenta regresiva se alborotaba, hasta el regreso del rojo que volvía a sosegarla. 

Mi amigo linyera filosofaba; decía que se trataba del ejército de un rey piadoso, que avanzaba con paso firme frente al verde de la pradera despejada; se alborotaba con el amarillo de las arenas y terminaba deteniéndose ante el rojo de la sangre de sus víctimas.

De entre la marea de soldados calzados con ruedas de caucho surgió un niño; un pequeño mendigo, tan chiquito que los conductores se sorprendían al ver solo sus manitos sucias desde las ventanillas en el interior del vehículo, exhortando por una ayuda en metálico.

No pudimos, ni quisimos, evitar reírnos ante el gesto de resignación que nos regaló cuando paró, en primera línea, una camioneta de esas  enormes que tienen el vidrio del conductor a mucho más de un metro del suelo. 

De pronto Rafael cortó la risa, se puso serio y largó de un saque:

¡Mirá lo que es amor!

Yo lo observé sin entender, ya estaba acostumbrado a sus indescifrables comentarios.

¡Mirá  al niño!—Insistió.

Fue un segundo; el pequeño mendigo corriendo se tropezó al huir de la señal verde que habilitaba el paso de la tropa mecánica y cayó pesadamente entre el cordón y la calle. Yo amagué a levantarme del banco, pero él me detuvo con su mano firme sobre mi hombro.

De repente un auto blanco clavó los frenos con un chillido estridente provocando una cola multiplicada de alaridos de bocinas.

La conductora, una mujer cincuentona, con gafas gruesas y aspecto de profesora de historia, abrió la puerta del auto y saltó, sin vacilar, hacia el pequeño, aun en el suelo. 

¡Sus ojos! ¡Sus ojos y los del niño! ¿Cómo describirlos con palabras? Hicieron contacto. Se descubrieron en el caos. Se reencontraron en la esencia. ¡Difícil de expresar!

Los dos pares de ojos, convertidos en un solo mágico cañón de energía humana inmanente, comenzaron a mirar a su alrededor.

A medida que alcanzaban a la gente detenida por el incidente, las caras se iban transfigurando mágicamente. Los gestos duros se fueron transformando uno a uno en miradas indulgentes y sonrisas cómplices.

También me miraron a mí. Escalofrío o sosiego o euforia o algo parecido, mezcla de todo. 

Segundos después, sin mediar palabra, la mujer sacudió las ropitas del niño, ya incorporado, le dijo algo al oído, subió al coche blanco y se fue con la luz verde; con el ejercito. 

El niño siguió su rutina, Manuel comenzó a reírse a carcajadas y yo intente seguirlo.

Energía amorosa—dijo luego de un largo silencio, antes de que nos despidamos—.Eso es lo que hace que el mundo siga funcionando.

Pensé el episodio durante meses, y al fin, ante otro hecho parecido, lo terminé de comprender en toda su implicancia. Pero eso, eso es otra historia.

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El Solitario

 21/03/2019

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