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Opinión

San Cristóbal: el abismo que nadie quiso ver

El horror en la escuela de San Cristóbal no sólo expone una tragedia irreparable, sino también las múltiples señales –sociales, familiares y digitales- que no supimos ver a tiempo. Entre el dolor, el desconcierto y las preguntas sin respuesta, la comunidad enfrenta el desafío de comprender qué hay detrás de una violencia que no surge de un día para otro.

San Cristóbal parece detenido en el tiempo. No en un sentido poético, sino en uno brutal: el de una comunidad que todavía no logra procesar lo que ocurrió. Como si todo hubiese quedado suspendido en ese instante en el que un adolescente salió de un baño con un arma y rompió para siempre la idea más básica que tenemos como sociedad: que la escuela es un lugar seguro.

Intentar entender qué pasó es, hoy, como asomarse a un precipicio. Y lo más inquietante es que, cuanto más se mira, más señales aparecen. Señales que estaban. Señales que, de una u otra forma, alguien vio. Pero que no alcanzaron.

En los últimos días, compañeros del agresor comenzaron a reconstruir su mundo digital. Lo que encontraron no fue un detalle menor ni anecdótico. Fue, en muchos casos, alarmante. Una cuenta casi vacía en Instagram, con una única imagen de 2021: un personaje de manga llorando, gritando “te amo” con desesperación. Un comentario reciente lo remata con crueldad: “no pudiste llegar a tu meta de 5, tremendo fracaso”.

En TikTok, en cambio, el panorama es más oscuro. Contenidos vinculados a tiradores de masacres escolares, admiración explícita por figuras como uno de los autores de Columbine, comentarios que lo llaman “héroe”. Y algo aún más perturbador: interacciones con usuarios de otros países a través de plataformas como Discord, donde —según relatan— el adolescente hablaba de sentirse inferior, rechazado, cansado de intentar encajar.

No se trata de justificar. Se trata de comprender.

Porque en ese entramado digital aparecen elementos que ya no pueden ser ignorados: comunidades que romantizan la violencia, lenguajes cargados de odio —como el uso de términos despectivos hacia las mujeres—, fantasías de muerte que dejan de ser solo fantasías cuando encuentran eco. Y, sobre todo, una sensación persistente de vacío.

El dato de que en algún momento llegó a enviarse fotos apuntándose con un arma a sí mismo no es menor. Tampoco lo es que alguien recuerde, que decía que su madre no creía que fuera capaz de matarse. Ahí hay una alarma clara. Una que, con el diario del lunes, parece ensordecedora.

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Pero la pregunta incómoda sigue siendo la misma: ¿por qué no se vio antes?

Durante toda la semana, en LT9, especialistas insistieron en algo clave: estos hechos no son repentinos. No aparecen de la nada. Se construyen. La psicóloga Analía Gómez Malacalza lo dijo sin rodeos: hay indicios que muchas veces se minimizan. Y ese es el error.

Sin embargo, el caso de San Cristóbal también rompe esquemas. Porque el relato que circula en el pueblo es otro. “Era un buen chico”. “Tenía buenas notas”. “Era deportista”. “Hasta había sido elegido mejor compañero”. Incluso se desmiente que haya sufrido bullying.

Entonces, ¿cómo encaja todo esto?

Quizás el problema sea creer que el sufrimiento siempre es visible. Que siempre se expresa de manera clara, evidente, reconocible. Pero no. A veces es silencioso. A veces se esconde detrás de la normalidad. A veces convive con buenas notas, con una vida social aparente, con una rutina que, desde afuera, no muestra fisuras.

Y mientras tanto, en paralelo, puede crecer otro mundo. Uno que no pasa por la escuela ni por la familia. Uno que sucede en pantallas, en foros, en comunidades cerradas donde la violencia no solo se comparte, sino que se celebra.

Ahí hay un punto que como sociedad que todavía no terminamos de dimensionar.

Porque mientras discutimos si hubo o no bullying en el aula, quizás el verdadero escenario del conflicto estaba en otro lado. En un celular. En una conversación virtual. En una identidad que se construye lejos de la mirada adulta.

En esta época atravesada por la hiperconectividad y la exposición constante, los jóvenes parecen estar, paradójicamente, cada vez más solos. La psicopedagoga María Inés Waltos habló de “soledad marcada” e “hiper exigencia”. Dos conceptos que describen con precisión la vida de muchos adolescentes: presión por rendir, por cumplir, por encajar, y al mismo tiempo, falta de espacios reales de contención.

San Cristóbal es un pueblo de 15 mil habitantes, atravesado por otras problemáticas que también aparecieron con fuerza en estos días: el consumo de drogas, las dificultades en la salud mental, las tensiones familiares. Versiones que circulan, hipótesis que se comentan en voz baja, preocupaciones que no son nuevas.

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Nada de eso explica por sí solo lo ocurrido. Pero todo forma parte del contexto.

Mientras tanto, la escena más potente no está en las redes ni en los análisis. Está en la escuela. O mejor dicho, en lo que quedó de ella después del ataque: un patio con 50 bicicletas abandonadas. De todos los tamaños, de todos los colores. Bicicletas que sus dueños dejaron tiradas para correr, para escapar, para salvarse.

Es una imagen que resume todo. La infancia interrumpida de golpe. La urgencia de huir. El miedo convertido en reflejo.

Esos chicos hoy están en shock. Algunos escucharon los disparos. Otros los vieron. Otros corrieron sin entender del todo qué pasaba. Todos, de alguna manera, quedaron marcados.

“Ningún pibe de 13 años está listo para enterrar a un amigo”. La frase no necesita explicación. Es la síntesis más brutal de lo que pasó.

El velorio, el silencio, las familias abrazándose, los compañeros sin poder hablar. Un pueblo entero que no encuentra palabras. Porque no las hay.

Y en medio de todo eso, aparece otra escena que interpela: una madre que corre en moto para buscar a su hija, mientras ve a decenas de adolescentes huyendo en sentido contrario. “Una duda sobre si dejarla ir a un boliche y el mayor riesgo de su vida lo termina corriendo en la escuela”, dice.

Ahí se rompe todo.

Se rompe la idea de control. Se rompe la ilusión de previsibilidad. Se rompe esa tranquilidad mínima con la que cualquier familia manda a un hijo a clases.

Entonces, otra vez, la pregunta: ¿qué hacemos con esto?

Autor

  • Germán Dellamónica

    Periodista. Director periodístico de LT9. Conductor de Amanecer no es poco, de lunes a viernes de 06:00 a 09:00.

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