Ya quedó atrás la semana más importante del año que tiene la Organización de las Naciones Unidas.
En el desarrollo de la asamblea general, –previsiblemente – Javier Milei volvió a denostar el desempeño actual e histórico del organismo tratando de “inútil” a su accionar.
Cada vez que se cuestiona con dureza a ese ámbito multilateral creado después de la segunda guerra mundial, conviene primero recordar que las voces críticas no son nuevas, sino que tienen muchos años.
Su diseño y funcionamiento ya vienen siendo observados desde hace varias décadas, y una corriente reformista señala la necesidad de una modificación que vaya a un consejo de seguridad menos condicionado por el actual esquema de vetos, del que se sirven las potencias para frenar cada medida que pueda resultar incompatible con sus mayores intereses estratégicos.
Ahora bien, no puede soslayarse que la ONU reúne abundantes antecedentes de su accionar en cuestiones humanitarias, en lugares donde las potencias no suelen intervenir con su verdadera capacidad de asistencia o cooperación.
Hay ejemplos que aunque están muy a mano, son tendenciosamente ignorados como Haití, Sudán o República Democrática del Congo, entre otros países. Todos escenarios en los que la ONU viene siendo la única alternativa de contención de muchos dramas humanitarios que sin esa asistencia, se seguirían expandiendo de una forma dramática.
Y en ese sentido, no se percibe sólido el mote de “inútil” lanzado por el mandatario argentino.
Hubo en su discurso, una especie de motivación interméstica, es decir, mensajes hacia nuestra política doméstica en la que se refugia un núcleo duro del pensamiento libertario, totalmente contrario a toda forma de multilateralismo.
Y hacia el plano externo, un estilo discursivo de revalidación al acoplamiento completo con EE.UU. con Donald Trump ejerciendo presión como el presidente estadounidense que más ha cuestionado a la ONU.
Sobre la cuestión Malvinas, la postura actual de Javier Milei giró a la necesidad de presentar algún logro de gestión, sobre un tema de consenso absoluto en Argentina.
Nadie en nuestro país osaría refutar los legítimos e históricos derechos de Soberanía, pero el discurso en cuestión resultó paradojal al expresar un reconocimiento de la vía diplomática como el camino para trabajar sobre la recuperación de las islas, pero al mismo tiempo, criticando a la ONU a nivel de insulto, siendo que ese ámbito, con su comité de descolonización, es el único que ha sostenido coherentemente y desde hace mucho, el llamado al Reino Unido para que se disponga a la negociación diplomática.
Y a propósito de Malvinas, la reunión paralela a la asamblea, de Donald Trump con su par Andy Burnhum, dejó señales de distensión en la relación bilateral entre EE.UU. y el Reino Unido, revalidando la vieja y fuerte alianza y dejando atrás la rispidez que provocó el líder de la Casa Blanca al haber dicho que todo lo revisa, metiendo al tema Malvinas entre los temas de su potencial revisión.
Faltó cautela en Buenos Aires con aquellas declaraciones. Y la semana pasada, la foto Trump-Burnham, demostró que el mandatario estadounidense apeló a esos dichos sólo para presionar al gobierno británico para que considere una mayor cuota – parte hacia la OTAN.
Pero además de las inconsistencias discursivas sobre el tema Malvinas, se hicieron evidentes las deliberadas omisiones a logros de organismos contenidos en el sistema onusiano como la OMS, la CEPAL, el organismo de energía atómica, UNICEF o UNESCO.
Todo ese trabajo, obviado por completo en el texto que leyó Javier Milei, refuta con cada programa de cooperación que se implementa en cada país, ese calificativo de inútil con el que el presidente buscó más que nada, dar otro fuerte gesto de estrecho acercamiento a la política exterior “trumpista” que de manera abierta transmite su rechazo categórico a las instancias que ofrece el multilateralismo.
En el tramo final, Javier Milei concluía su discurso afirmando querer “una Argentina próspera, influyente y poderosa. No para someter a otras, sino para ser libres”.
Ese cierre dejó otra evidente contradicción; si hay algo que en política exterior condiciona la libertad en el proceso de toma de decisiones estratégicas, es el acoplamiento con una potencia como Estados Unidos, quedando completamente a merced de una relación cuya dinámica, queda siempre determinada por la asimetría de poder.





















