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Restauró un barco hundido de 1886 y hoy navega por Brasil

Fernando Zuccaro compró un navío genovés llamado Pegli –hoy Goleta Gringo– a precio de chatarra. Lo convirtió en su hogar, vive a bordo con su mujer y dos de sus cinco hijos, y atraviesa los mares en dirección al Norte. Según expertos, es el segundo barco más antiguo del mundo que sigue en actividad.
DOMINGO 10 DE MAYO DE 2020

Fernando Zuccaro tiene 60 años, es de La Plata y cuando era chico, con su hermano y dos amigos, iban al rio en bicicleta. Desde la costa veían la orilla de Colonia, en Uruguay, y pensaban: “Se puede cruzar”. Un día se animaron. “Armamos una balsa con cuatro cubiertas infladas y el respaldar de una cama. Aprovechamos la siesta de un vecino para comprobar si flotaba e hicimos remos con escobas. Luego tomamos el micro que nos dejaría en el puerto de La Plata”, relata Fernando sobre los comienzos de su pasión por la náutica. “Llegamos al río, nos subimos a la balsa y salimos por la dársena. Pero ahí nomas se nos vino encima un barco mercante y nos dimos cuenta que no era tan fácil como creíamos. Dimos la vuelta. Era invierno. Volvimos abatidos. Teníamos diez u once años”, recuerda entre risas este navegante que nació un 29 de febrero y hasta en eso se siente raro.

Lo cuenta cincuenta años después, desde Caravelas, al sur de Salvador de Bahía, Brasil. Está a bordo de su casa, el Goleta Gringo, un tall ship –o velero de mástil alto– que data de 1886 y es uno de los barcos más antiguos del mundo que siguen navegando. Pero no vive solo. Lo acompañan su mujer, Bárbara Beron Vera, Juan (7) –el hijo que tienen en común–, Aquiles (23) –hijo de Fernando de una pareja anterior– y Maxi, un sobrino. Además, Fernando es papá de Amparo (25), Clarita (20) y Mateo (18).



“En los años ochenta uno aprendía a navegar con grandes maestros y muy buenos libros. No era como ahora. Ibas como grumete –aprendiz de marinero– en el barco de alguien y después de demostrar que habías hecho diez cruces a Colonia, rendías un examen muy áspero en la Escuela Naval de la Armada”, cuenta Fernando sobre aquellos barcos de farolitos con querosene.

Su primera nave fue el Jano II. “Vi un anuncio en una revista. Tenía un precio absurdo y estaba en San Isidro. Había quedado trabado en una sucesión y estaba podrido. Lo compré con un amigo y salí desde allá en dirección a La Plata. Cargué nafta en el Riachuelo y cuando estaba entrando al puerto, hubo una sudestada de fuerza ocho y me hundí. Me rescató el Draga 259 Mendoza”, señala y ríe a carcajadas al recordar: “Tuve que soportar las cargadas de mis amigos de rugby. Entraba al vestuario y me silbaban la canción de Popeye el marino”.



Sin embargo, aquellos inicios no lo amedrentaron. Fernando volvió a apostar y compró un barco desarmado en el Yacht Club de La Plata. “Era un Light Crest diseñado por Germán Frers que se llamaba María B. La cosa ahora sí iba en serio. Navegaba con amigos a Montevideo o Punta del Este. Ahí aprendí mucho y nunca dejé de hacerlo. Pasaba más tiempo en el agua que en tierra. Mi mamá todavía guarda mi primera brújula”, asegura y precisa que desde entonces ya no vive en una casa, sino que en un barco. Porque además tuvo un narval, el Marian Dik, y llegó a Europa atravesando el océano a vela.

Buscavidas, Fernando siempre trabajó en mantenimiento. Tiene desde entonces una casita en el puerto de La Plata, en el canal Saladero y rio Santiago, que es de construcción palafítica –en alto, sobre la marea–. “Como sé manipular madera, hierros y vidrio pensé en armar un barco antiguo. Casi compro un remolcador alemán de casco muy lindo, pero mis amigos me lo impidieron. Era un peligro. Entonces me recomendaron buscar veleros rápidos cargueros, como el antiguo Pegli. Me costó muchísimo encontrarlo, hasta que un día me avisaron que estaba en Rincón de Milberg. Llegué a verlo y me dijeron: ‘Ahí lo tenés’. Estaba hundido”, rememora sobre aquella gran locura de 1990.



Y sigue: “Lo compré por 1.500 dólares, como chatarra. Lo saqué a tierra para repararlo. Media bodega estaba llena de barro, ratas, restos de zapatillas… Todo lo que arrastra el rio Luján. Me pasé dos días sentado en el astillero mirándolo y pensando qué hacer. Pero era tan perfecto que no lo podía dejar morir”.

Le llevó seis meses repararlo, con ayuda del Astillero Rio Santiago, Técnica Naval de Tigre y la Armada Argentina. ¿El resultante? Un barco de 29,80 de flotación –alto– y 37,60 de eslora –largo– total, con un calado de tres metros. Le puso una quilla como refuerzo. Y se enorgullece de haber restaurado con sus propias manos desde la carpintería hasta las fundas de colchones. Pero repite que solo lo logró porque se cruzó “con gente de primera”. ¿Por qué lo re bautizó Goleta Gringo? “Gringo loco” le decían a él cuando lo veían martillar esa bola de chatarra. Pero cuando el barco tuvo un mástil y volvió al agua, la gente dejo de llamarlo “loco”. Y, no solo le decían “Gringo” a él, sino también a su barco. Mientras que goleta refiere a todo buque de más de dos palos.

Fuente: Infobae


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